Psicología en Almería
Sobre mí
Escuchar a la gente, comprenderla y ayudarla.
Hola, soy Javier García y tengo una ocupación que me encanta: escuchar a la gente, comprenderla y ayudarla. Llevo más de una década haciendo esto y lo vivo como el primer día.
Me licencié en la Universidad de Almería en 2007 y después hice un par de másteres: uno de investigación centrado en motivación, pensamiento y emociones en contextos clínicos y de la salud y otro de especialización en familias, niños y adolescentes.
Soy de la opinión de que un profesional no puede limitarse a saber de lo suyo y nada más. He aprendido de otros psicólogos en clases, libros, conferencias y conversaciones, pero también leyendo filosofía, antropología, historia y otras disciplinas que ayudan a comprender mejor cómo vivimos, sufrimos, nos relacionamos y damos sentido a lo que nos ocurre.
Sin embargo, diría que lo que más me ha enseñado sobre personas además de mi propia vida es el arte. El arte nos salva. En cada libro, en cada pieza de música, cada retrato se perfilan sentires universales y, en conjunto, el arte forma el mayor esfuerzo colectivo para entendernos, para ayudarnos.
En mi despacho veo todo tipo de problemas, atiendo a niños, adolescentes, adultos, parejas, familias, también online.
Preguntas frecuentes
El tiempo en consulta es, ante todo, una conversación. No hay un protocolo rígido que seguir ni una forma especial de comportarse por estar delante de un profesional. Cualquier forma de llegar es válida: con dudas, con vergüenza, con miedo, con ganas de hablar o sin saber muy bien por dónde empezar. Se habla de lo que preocupa, de lo que ha pasado, de lo que se ha intentado, de lo que cuesta decir y también de cualquier asunto que surja, aunque al principio no se vea su relación con el problema. Si llega a la conversación, puede darnos una pista.
A veces la conversación avanza sola; otras, una pregunta, un matiz o una observación bastan para que algo empiece a ordenarse de otra manera.
Esa naturalidad no significa improvisación. Mientras hablamos, voy escuchando, ordenando, descartando conexiones y pensando qué puede ayudarte en cada momento. Hay oficio, herramientas y una responsabilidad profesional, pero también algo más sencillo: dos personas una delante de la otra, buscando comprendernos el uno al otro.
No tienes que venir con confianza absoluta ni con todas las cosas claras. Nos iremos conociendo poco a poco. Lo importante es que podamos hablar no solo de lo que te ocurre, sino también de lo que va pasando entre nosotros mientras lo trabajamos: si algo te cuesta, si algo te ayuda, si una propuesta no te encaja o si un objetivo no va en la dirección que quieres.
El ritmo lo marcas tú. Los objetivos también. Yo puedo proponer caminos, señalar posibilidades o ayudarte a ver alternativas, pero eres tú quien decide por dónde quiere ir y hasta dónde quiere llegar.
Si en algún momento algo no te sirve, te incomoda o no termina de encajar contigo, podremos hablarlo. No se trata de que me des la razón ni de que hagas las cosas “bien”. Se trata de ir viendo juntos qué ayuda, qué no, y qué conviene ajustar por el camino.
No. Cada persona llega a consulta con un tono distinto, y yo procuro no imponer el mío desde fuera. Si alguien llega con humor, podemos usar ese humor sin perder el respeto por lo que le ocurre. Si llega triste o desbordado, la conversación necesita más cuidado, más calma y más protección. Si llega enfadado o con mucha energía, a veces esa misma fuerza puede aprovecharse para empezar a moverse en una dirección útil.
Eso ocurre también en la forma de trabajar. Hay personas que necesitan entender muy bien por qué les pasa lo que les pasa. Otras avanzan más cuando vemos directamente a lo que ocurre en la propia consulta. Otras necesitan hablar mucho, ser escuchadas y ordenar poco a poco algo que llevan demasiado tiempo sosteniendo a solas.
Cada sesión puede ser distinta de la anterior, pero no se trata de improvisar sin rumbo. Con el tiempo vamos encontrando una manera de trabajar propia para cada persona: probamos, ajustamos, vamos qué ayuda y qué no, y vamos afinando el camino por aproximación. Suelen estar presentes la empatía, la honestidad y el sentido práctico. Cuando encaja, también el humor; y veces la distancia y perspectiva justa cuando más falta hace.
Si nos centramos en la psicología, con el tiempo he ido desconfiando de las explicaciones que buscan abarcarlo todo. Cada modelo ayuda a ver algo, pero también deja cosas fuera. Lo mismo ocurre con la filosofía, la literatura, la historia o la antropología: son formas distintas de acercarse a una realidad demasiado compleja como para encerrarla en una sola teoría.
De la terapia sistémica me interesa su forma de comprender las relaciones, los equilibrios que se crean en ellas y los problemas que se mantienen sin que nadie lo pretenda. De los modelos cognitivo-conductuales y las terapias de tercera generación, la manera de analizar los engranajes del comportamiento: qué función cumple lo que hacemos, qué evitamos, qué repetimos y dónde introducir un cambio mínimo que pueda romper un círculo vicioso. De los enfoques centrados en el trauma, la sensibilidad para reconocer el tejido invisible que deja un dolor antiguo. Y del psicoanálisis, el apego, los mecanismos de defensa y la importancia de la relación que se construye en consulta.
Todo eso sostiene mi trabajo: me ayuda a pensar, a ordenar y a decidir por dónde seguir. Y también me ayuda a estar presente: escuchar lo que duele y responderte con lo que sé y con lo que soy.
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